Sigues desdoblada… Eres Mónica, la loca, la desquiciada, la desequilibrada, la deprimida y la caótica. Eres Mónica tras una puerta cerrada con llave gritando a cada segundo que quiere salir, que quiere ver el mundo al que pertenecía, vigilando por un resquicio lo que pasa y sin poder verlo por culpa de las lágrimas… eres la de los sentimientos, la de la autoestima baja, la que hace mucho que no cree en ella, la que sabe que llorando no se arreglan las cosas, y aún así sigue derramando lágrimas inútiles; la misma que se empaña los pensamientos y los desempaña con un “ya se verá” que a su vez no le convence… eres Mónica, la desconsolada depresiva al borde del alcoholismo encerrada en ese zulo cutre de donde no entra ni sale nada, sólo ráfagas de lo que ya siente: autocompasión y decepción que van y vuelven simultáneamente embriagándola de lo de siempre: lloros.
A su vez eres Paula, la decente, la correcta, la equilibrada, la alegre y la perfecta. Eres Paula al otro lado de la puerta, con las llaves en la mano, escuchando a Mónica y deseando que no salga de ahí, que ahora vives tú… Eres Paula con su instinto de supervivencia en la jungla de segundo de bachiller. Eres Paula, la que sonríe sin ser forzada y sólo muestra espíritu de auto superación, confianza en sí misma y alegría a toda costa; la que llega a su casa todos los días feliz y se pasa la tarde estudiando sin ningún tipo de problema… Eres Paula, la fuerte, la implacable, la divertida, la invencible. Invencible hasta que Mónica vuelve a alzar la voz, y te asalta el espíritu compasivo y la dejas salir cuando no haya nadie para que hable, para luego volver a encerrarla en el zulo.
Eres Mónica, infeliz y eres Paula, la coartada. Eres "la niña del Caleidoscopio", la prisionera y la libre, la triste y la alegre, la invencible y la abatida, la de piedra y la de polvo, la que lo es todo, y la que no es nada… la que grita tras la puerta, y la que la escucha con venganza con las llaves en la mano.
Los gritos te agobian en la cabeza, la presencia de Paula vigilando la puerta te mantiene tranquila de que Mónica no saldrá, pero sigue gritando, y hace que te duela la cabeza… parece un caos, pero sabes que el caos no existe, que es la perfección, solo que mal organizada… solo tienes que encontrar la manera de llegar al equilibrio perfecto, de mantener a Mónica a raya sin tener que encerrarla, o curarla con una buena dosis de decisión; hecho esto, el caos de tu mente habrá sido debidamente organizado, y podrás volver a tu versión de la tranquila perfección de la normalidad.
“Doble personalidad en una mente caótico-perfecta.”
viernes, 24 de septiembre de 2010
sábado, 18 de septiembre de 2010
Vuelta al cole.
Sé que todos, al igual que una servidora, estáis hartos de éste tema... pero no voy a recordároslo, sino que simplemente me conformo con la evasión de todo que me provoca escribir cómo me siento.
¿Os han comentado alguna vez, que la vida es cobarde y traicionera? No es exáctamente eso, pero sí que en más de una ocasión puede parecerte cruel...
Acabo de empezar mi segundo curso de bachiller, después de un 1º pasado sin problemas, y me he pasado el verano dando clases de repaso (así que no he llegado a desconectar del colegio) escepto cuatro días que dediqué a un viaje con mi pareja en sus raíces de la alegre Andalucía y otra semana dedicada a una acampada con mi amado club d'esplai en Vich- Barcelona. Pero después de ambos viajes terminó para mí el verano, pues pasé tres semanas más sin salir de mi casa más que lo justo ya que fui "madre adoptiva" durante ese periodo de tiempo. Me quedaban a penas dos semanas para empezar el colegio cuando volví a dar sólo las clases de repaso, que, pasados los exámenes de setiembre exitosamente, se acabaron y pude volver, a una semana de que terminara, a disfrutar de mi verano.
Durante esa semana hice todos los planes que pude, solapándolos casi para poder llevarme un buen recuerdo de aquello a lo que todos llaman: "la liberación de las vacaciones de verano". Me agoté todo lo que supe y dormí poco a causa de los compromisos nocturnos y los de madrugada... pero llegó el momento, y tuvimos que volver al colegio.
El primer día nos presentaron a la que sería nuestra clase durante los 9 meses restantes, y nos fuimos a casa una hora después sabiendo unos cuantos nombres y la cara de nuestra tutora, pero no demasiada cosa más.
El segundo día empezamos con las presentaciones de asignaturas... así como las nuestras. Todos debimos repetir la ya aborrecida frase de: Hola, me llamo tal, tengo tantos años, y después de bachiller me gustaría estudiar pascual. Ahí fue donde surgió todo.
El desánimo que te dan los profesores al decirte que estás empezando el peor curso de tu vida, así como los que ya han formado parte de tal suplicio te advierten de que no es nada fácil... todo eso debe contrarrestarse con la motivación de: "ahh, bueno, estudiaré este año aunque me la torre, sacaré nota, y así podré estudiar después lo que de verdad me gusta, oh! queridísima carrera de...¡¿De qué?!
Ahí era donde residía mi problema. No tenía una motivación para el curso, así como todos los demás sí lo sabían y, en caso de no tenerlo claro, sabían en torno a qué querían orientarlo pero... ¿y yo? yo no tenía ni idea de nada, y la única cosa que me estiraba lo hacía solo para ser un hobby...
Difícil afrontarte a un curso viendo ésto... y ésto te lleva al pensamiento negativo de todo: de tus asignaturas amadas el año pasado propias de modalidad, ahora solo piensas en lo poco que te gustan; aunque tengas a amigos de siempre y a tu querida pareja en clase, te sientes sola; y de intentar llevarlo todo al día, tus días se vuelven un caos.
El aparentar normalidad, el aparentar que no te importa no estar motivada, el aparentar que te sientes acompañada, el aparentar que no tienes sueño, el aparentar que no estás enferma, el aparentar que no te cuesta llevarlo todo al día... junto a la presión en el pecho de no querer decepcionar a tus padres con tu futura decisión... te hacen ir pasos atrás, y sentirte un poco más desdichada, cuando creias haberte llegado a creer que eras la persona más afortunada sobre la faz de la tierra.
Del optimismo al pesimismo hay sólo un paso, pero puedes darlo de puntillas, siendo sigiloso, para que nadie se entere... Pero lo has dado, y volverlo atrás es mucho más difícil.
Y todo, ¿por qué? Pues porque tú también tienes todo el derecho del mundo a estar de bajón.
¿Os han comentado alguna vez, que la vida es cobarde y traicionera? No es exáctamente eso, pero sí que en más de una ocasión puede parecerte cruel...
Acabo de empezar mi segundo curso de bachiller, después de un 1º pasado sin problemas, y me he pasado el verano dando clases de repaso (así que no he llegado a desconectar del colegio) escepto cuatro días que dediqué a un viaje con mi pareja en sus raíces de la alegre Andalucía y otra semana dedicada a una acampada con mi amado club d'esplai en Vich- Barcelona. Pero después de ambos viajes terminó para mí el verano, pues pasé tres semanas más sin salir de mi casa más que lo justo ya que fui "madre adoptiva" durante ese periodo de tiempo. Me quedaban a penas dos semanas para empezar el colegio cuando volví a dar sólo las clases de repaso, que, pasados los exámenes de setiembre exitosamente, se acabaron y pude volver, a una semana de que terminara, a disfrutar de mi verano.
Durante esa semana hice todos los planes que pude, solapándolos casi para poder llevarme un buen recuerdo de aquello a lo que todos llaman: "la liberación de las vacaciones de verano". Me agoté todo lo que supe y dormí poco a causa de los compromisos nocturnos y los de madrugada... pero llegó el momento, y tuvimos que volver al colegio.
El primer día nos presentaron a la que sería nuestra clase durante los 9 meses restantes, y nos fuimos a casa una hora después sabiendo unos cuantos nombres y la cara de nuestra tutora, pero no demasiada cosa más.
El segundo día empezamos con las presentaciones de asignaturas... así como las nuestras. Todos debimos repetir la ya aborrecida frase de: Hola, me llamo tal, tengo tantos años, y después de bachiller me gustaría estudiar pascual. Ahí fue donde surgió todo.
El desánimo que te dan los profesores al decirte que estás empezando el peor curso de tu vida, así como los que ya han formado parte de tal suplicio te advierten de que no es nada fácil... todo eso debe contrarrestarse con la motivación de: "ahh, bueno, estudiaré este año aunque me la torre, sacaré nota, y así podré estudiar después lo que de verdad me gusta, oh! queridísima carrera de...¡¿De qué?!
Ahí era donde residía mi problema. No tenía una motivación para el curso, así como todos los demás sí lo sabían y, en caso de no tenerlo claro, sabían en torno a qué querían orientarlo pero... ¿y yo? yo no tenía ni idea de nada, y la única cosa que me estiraba lo hacía solo para ser un hobby...
Difícil afrontarte a un curso viendo ésto... y ésto te lleva al pensamiento negativo de todo: de tus asignaturas amadas el año pasado propias de modalidad, ahora solo piensas en lo poco que te gustan; aunque tengas a amigos de siempre y a tu querida pareja en clase, te sientes sola; y de intentar llevarlo todo al día, tus días se vuelven un caos.
El aparentar normalidad, el aparentar que no te importa no estar motivada, el aparentar que te sientes acompañada, el aparentar que no tienes sueño, el aparentar que no estás enferma, el aparentar que no te cuesta llevarlo todo al día... junto a la presión en el pecho de no querer decepcionar a tus padres con tu futura decisión... te hacen ir pasos atrás, y sentirte un poco más desdichada, cuando creias haberte llegado a creer que eras la persona más afortunada sobre la faz de la tierra.
Del optimismo al pesimismo hay sólo un paso, pero puedes darlo de puntillas, siendo sigiloso, para que nadie se entere... Pero lo has dado, y volverlo atrás es mucho más difícil.
Y todo, ¿por qué? Pues porque tú también tienes todo el derecho del mundo a estar de bajón.
lunes, 6 de septiembre de 2010
El miedo, de un solo trago.
Es tan simple como ver el cambio en tí... ver que tus palabras han cesado ya de callar por miedo a la reacción negativa; a estar tan segura de unos sentimientos que eres capaz de hablar lo necesario, para aclarar las cosas.
He visto crecer a mi mente pensando cosas que mi boca se callaba por miedo a la reacción de una tercera persona del singular... por miedo a que mi vida acabara al recibir el batacazo de la tan escalofriante reacción... hasta que ésta pasó a ser decidión mútua y dejé de tener miedo...
Vencido éste miedo, y con corazón y mente más maduros, ambos órganos siguen pensando cosas que mi boca puede expresar, ya que la tercera persona del singular ha cambiado, y sabe entender, sin imponer la espeluznante frase: "ah, ¿sí? ¡pues se acabó!". Una vez la primera persona del plural está de acuerdo en que ninguno de los dos quiere esa reacción, y ninguno pronuncia la horripilante frase, podemos, por fin:
Amar SIN miedo.
He visto crecer a mi mente pensando cosas que mi boca se callaba por miedo a la reacción de una tercera persona del singular... por miedo a que mi vida acabara al recibir el batacazo de la tan escalofriante reacción... hasta que ésta pasó a ser decidión mútua y dejé de tener miedo...
Vencido éste miedo, y con corazón y mente más maduros, ambos órganos siguen pensando cosas que mi boca puede expresar, ya que la tercera persona del singular ha cambiado, y sabe entender, sin imponer la espeluznante frase: "ah, ¿sí? ¡pues se acabó!". Una vez la primera persona del plural está de acuerdo en que ninguno de los dos quiere esa reacción, y ninguno pronuncia la horripilante frase, podemos, por fin:
Amar SIN miedo.
jueves, 26 de agosto de 2010
Polisemia del abrazo.
-Me encanta abrazarte, ¿lo sabías?
-Lo intuyo porque no dejas de hacerlo.
-Pero, ¿sabes por qué?
-No, ¿por qué?
-Porque eres cálido, cálido como mi cama las noches frias cuando el hinvierno hacecha con rayos y truenos fuera, y solo el cálido arropaje de mi cama me puede calmar; porque eres frío como mi cama en verano cuando el sol quema fuera, y la humedad hace que permanezca el ardor durante la noche, y solo me siento fresca y a gusto en ella; porque me da seguridad abrazarte como cuando mis padres me daban la mano de pequeña, y yo me sentía protegida; porque cuando me aprieto contra tí tengo menos miedo del mundo, porque me parece que nada puede hacerme daño cuando tú andas cerca; porque, cuando estoy acurrucada en tu pecho, oigo cómo tu corazón va más rápido, oigo tu respiración que se acompasa con la mía como si dos cuerpos quisieran ser uno solo, noto que me miras y sonrío porque lo haces, pero, ¿sabes qué es lo que más me gusta de abrazarte?
-Ah, ¿hay algo más?
-Claro, falta lo mejor.
-Entonces, dime: ¿qué es lo que más te gusta de abrazarme?
-Ver que tú, también me abrazas.
-Lo intuyo porque no dejas de hacerlo.
-Pero, ¿sabes por qué?
-No, ¿por qué?
-Porque eres cálido, cálido como mi cama las noches frias cuando el hinvierno hacecha con rayos y truenos fuera, y solo el cálido arropaje de mi cama me puede calmar; porque eres frío como mi cama en verano cuando el sol quema fuera, y la humedad hace que permanezca el ardor durante la noche, y solo me siento fresca y a gusto en ella; porque me da seguridad abrazarte como cuando mis padres me daban la mano de pequeña, y yo me sentía protegida; porque cuando me aprieto contra tí tengo menos miedo del mundo, porque me parece que nada puede hacerme daño cuando tú andas cerca; porque, cuando estoy acurrucada en tu pecho, oigo cómo tu corazón va más rápido, oigo tu respiración que se acompasa con la mía como si dos cuerpos quisieran ser uno solo, noto que me miras y sonrío porque lo haces, pero, ¿sabes qué es lo que más me gusta de abrazarte?
-Ah, ¿hay algo más?
-Claro, falta lo mejor.
-Entonces, dime: ¿qué es lo que más te gusta de abrazarme?
-Ver que tú, también me abrazas.
domingo, 22 de agosto de 2010
Maternal Instinct
Seguro que en más de una ocasión vuestra madre os ha dicho aquello de: "Cuando seas madre lo entenderás"; y os lo habéis tragado pensando en que ya lo entenderíais en un momento u otro de vuestra vida... Siempre os han dicho que nada es comparable al amor de una madre, que no valorais lo que las madres hacen por vosotros, que no sabéis cómo se siente una madre cuando su hijo llora, etcétera.
Pues bien, estimados lectores... yo no soy madre, no tengo la edad ni la madurez suficientes para poner a mi cargo una criatura recién llegada al mundo y darle de comer y un techo hasta que tenga edad y conocimiento suficientes para independizarse; por no tener, no tengo ni idea de qué va a ser de mi vida en cuanto termine bachiller: no sé si estudiaré fuera, si aquí, si estudiaré ingenieria o grado superior, ni de qué estudiar, ni a qué dedicarme, ni dónde vivir, ni con quién.
Lo único que tengo claro (porque puedo tenerlo) es que, haga lo que haga, tendré que seguir con mi vida... y, si no cambiamos de opinión ninguno de los dos (que espero, muy sinceramente que no) veo un futuro en el que formo una familia con cierta persona de grandísima importancia para mí... pero como he dicho, eso será cuando disponga de edad, conocimientos, madurez y recursos suficientes como para formar una familia y traer a una nueva criatura al mundo.
Bien, claro queda que no tengo espectativas de ser madre prontamente... pero eso no liquida el instinto maternal... Éste no se dispara al estar "preparando" un suculento bebé en el horno de tus entrañas... sino que también puede dispararse a alguien que acaba de adoptar al nuevo miembro de su familia, o en otros casos, donde (esta vez sí) entro yo.
La historia empieza con dos hermanos y una hermanastra. Existentes éstos tres en forma de un hermano 16 años mayor, una hermana 13 años mayor y, la (por lo menos para uno de ellos) hermanastra: yo.
Los dos hermanos emprendieron su propio camino en cuanto llegó el momento de estudiar una carrera... En diferentes años, claro está, pero en direcciones diferentes y fuera del alcance de mi memoria.
La hermana estudió en Barcelona donde, en la carrera, conoció a su más que oficial novio actual. De esto hace ya 10 años. Ahora viven en China, donde prosiguen con su vida.
El hermano estudió en Barcelona y su siguiente parada fue vivir en le preciosa Francia, donde, en su nuevo trabajo, conoció a su actual esposa. Se mudaron a Madrid, donde, después de unos meses de matrimonio y ya muchos años de vida compartida, llegó al mundo la segunda protagonista de ésta historia: mi sobrina.
Bien, puesto que ninguno de los dos hermanos vive en la isla, las visitas no suelen coincidir a menudo, pero si las épocas: en Navidad y en verano. Siendo triste pasarte todo el año (escepto dos o tres semanas) esperando a la llegada de tus hermanos, es un hecho que no se puede remediar. La hermana viene una semana en Navidad y otra en verano, con su novio (claro está); y el hermano y su familia aparecen una semana en Navidad y dos en verano.
Durante esas dos semanas del verano, y una tercera que mi sobrina elige quedarse sin sus padres con nosotros, y la semana en Navidad; es cuando realmente entiendo parcialmente las palabras de mi madre cuando me decía aquella frase comentada al principio. Es cuando, realmente, me siento la madre de aquella niña, y no su tía. Todo el día junto a ella, ayudándola, cuidándola, animándola y mimándola todo lo que sé... y el día que se va, llorar porque mi niña ya no vuelve hasta la próxima época de recogimiento familiar.
Durante esas cuatro semanas al año, me siento madre e hija más que nunca y unida a las dos personas que hacen eso posible bajo un mismo techo, y más a mi lado que nunca...
Creed a vuestras madres, ser madre, no es algo fácil... pero sí muy gratificante el ver la sonrisa que pone tu sobrina al verte cuando llega a tu casa... oír que cuando estás lejos te llama en lugar de llamar a su madre... ver que quiere darte besos y abrazos a tí más que a nadie, que eres a la única persona a la que quiere escuchar cuando está enfadada, y que eres la única que consigue hacer que deje de llorar, desde que no era más que un bebé.
Difícil, pero sentido, muy, muy sentido.
Pues bien, estimados lectores... yo no soy madre, no tengo la edad ni la madurez suficientes para poner a mi cargo una criatura recién llegada al mundo y darle de comer y un techo hasta que tenga edad y conocimiento suficientes para independizarse; por no tener, no tengo ni idea de qué va a ser de mi vida en cuanto termine bachiller: no sé si estudiaré fuera, si aquí, si estudiaré ingenieria o grado superior, ni de qué estudiar, ni a qué dedicarme, ni dónde vivir, ni con quién.
Lo único que tengo claro (porque puedo tenerlo) es que, haga lo que haga, tendré que seguir con mi vida... y, si no cambiamos de opinión ninguno de los dos (que espero, muy sinceramente que no) veo un futuro en el que formo una familia con cierta persona de grandísima importancia para mí... pero como he dicho, eso será cuando disponga de edad, conocimientos, madurez y recursos suficientes como para formar una familia y traer a una nueva criatura al mundo.
Bien, claro queda que no tengo espectativas de ser madre prontamente... pero eso no liquida el instinto maternal... Éste no se dispara al estar "preparando" un suculento bebé en el horno de tus entrañas... sino que también puede dispararse a alguien que acaba de adoptar al nuevo miembro de su familia, o en otros casos, donde (esta vez sí) entro yo.
La historia empieza con dos hermanos y una hermanastra. Existentes éstos tres en forma de un hermano 16 años mayor, una hermana 13 años mayor y, la (por lo menos para uno de ellos) hermanastra: yo.
Los dos hermanos emprendieron su propio camino en cuanto llegó el momento de estudiar una carrera... En diferentes años, claro está, pero en direcciones diferentes y fuera del alcance de mi memoria.
La hermana estudió en Barcelona donde, en la carrera, conoció a su más que oficial novio actual. De esto hace ya 10 años. Ahora viven en China, donde prosiguen con su vida.
El hermano estudió en Barcelona y su siguiente parada fue vivir en le preciosa Francia, donde, en su nuevo trabajo, conoció a su actual esposa. Se mudaron a Madrid, donde, después de unos meses de matrimonio y ya muchos años de vida compartida, llegó al mundo la segunda protagonista de ésta historia: mi sobrina.
Bien, puesto que ninguno de los dos hermanos vive en la isla, las visitas no suelen coincidir a menudo, pero si las épocas: en Navidad y en verano. Siendo triste pasarte todo el año (escepto dos o tres semanas) esperando a la llegada de tus hermanos, es un hecho que no se puede remediar. La hermana viene una semana en Navidad y otra en verano, con su novio (claro está); y el hermano y su familia aparecen una semana en Navidad y dos en verano.
Durante esas dos semanas del verano, y una tercera que mi sobrina elige quedarse sin sus padres con nosotros, y la semana en Navidad; es cuando realmente entiendo parcialmente las palabras de mi madre cuando me decía aquella frase comentada al principio. Es cuando, realmente, me siento la madre de aquella niña, y no su tía. Todo el día junto a ella, ayudándola, cuidándola, animándola y mimándola todo lo que sé... y el día que se va, llorar porque mi niña ya no vuelve hasta la próxima época de recogimiento familiar.
Durante esas cuatro semanas al año, me siento madre e hija más que nunca y unida a las dos personas que hacen eso posible bajo un mismo techo, y más a mi lado que nunca...
Creed a vuestras madres, ser madre, no es algo fácil... pero sí muy gratificante el ver la sonrisa que pone tu sobrina al verte cuando llega a tu casa... oír que cuando estás lejos te llama en lugar de llamar a su madre... ver que quiere darte besos y abrazos a tí más que a nadie, que eres a la única persona a la que quiere escuchar cuando está enfadada, y que eres la única que consigue hacer que deje de llorar, desde que no era más que un bebé.
Difícil, pero sentido, muy, muy sentido.
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